Resumen comentado del libro "Historias de Absenta"

 

-Un experimento científico

-Todo sobre la absenta

-"La Absenta", el primer sorbo

-5 minutos en las ramblas, segundo sorbo

-Tercer sorbo, "Marsella"

-Cuarto sobro, despedida de solteros

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"La Absenta", el primer sorbo

Dicen de mí que soy una niña mala para clientes raros. Y, la verdad, sin desmerecer a nadie, yo no soy como las demás. Ellas basan su éxito en llamar la atención, en vestir ropa ajustada y en el meneo entre ritmos de sus bonitos cuerpos. Ellas se mueven en grupos, danzando al son de la música, con risas atrayentes y simulando alegría por los cuatro costados.

Yo en la oscuridad, desde mi rincón, trabajo sola, dejándome seducir sin llamar la atención, sin demasiadas alegrías. Pienso que el mundo de la noche es más apto para mochuelos que para otros pajaritos. Y me pregunto, a la vez, porque se pierden en estas tierras tantos grupos de palomas y gorriones, procedentes de otros continentes.

Pero aquí están todas, trabajando en grupo, colombianas, brasileñas, rusas, africanas, luciendo lencería provocativa y poniéndolo todo en el mostrador.

A mí me apodan "Absenta", "ausente" en catalán. Y es que estoy y no estoy. Galanteo desde mi rincón sin llamar la atención y tengo fama de ser especialista en clientes raros: tímidos aniñados, bohemios atormentados, clérigos a punto de convertirse o convertirme... No es extraño que mi currículum este lleno de personajes de lo más variopinto y que yo sepa atraer a aquellos que asustan a las demás.

Y estoy preparada para ello. Mi delantera muy voluminosa, pero sin trampa ni cartón, me permite lucir un bonito escote que adorno con un crucifijo de oro reluciente. Los hombres se vuelven tontos. Les he visto lamer la cruz, ignorando lo duros y oscuros que se ponen mis pezones ante su deseo. Sin olvidar la minifalda, el tanga y el coñito depilado. Esto último es lo más importante: hay que rasurar el vello del pubis, pero con moderación, buscando el punto justo, para que, cuando cojas su mano y la acerques a tu interior, sus dedos noten un cosquilleo que enseguida se traslada a todo su cuerpo. Si tienes su cuerpo, tienes su mente y luego todo viene rodado.

De esta forma, tan simple, conseguí seducir a uno de los clientes más extraños que han pasado por mi rincón. O quizá, lo extraño estuvo en la misma noche.

Un chico joven, delgaducho y delicado, se presento como tantos otros, con un vaso en la mano. De hecho, aquí, están todo el tiempo con un vaso en la mano y aunque primero pensé que todos los hombres tenían algo de alcohólicos, más tarde comprendí que era como una acreditación de pago y que sin el se sentían inseguros. Con el vaso certifican su consumición y demuestran, tal vez, su poder adquisitivo.

Se acerco a mí de una forma tímida, más como un amigo que como un cliente. Mostró interés por todo cuando aquí acontecía, pero sin interrogatorios y sobretodo con buenos modos. Que si las chicas, que si los camareros, que si el local eso o lo otro... Uno frente a otro y muy cercanos, conversamos los dos sentados en un taburete. Yo con la falda corta y las piernas entreabiertas. Él contemplando mi interior con miradas fugaces. En poco tiempo tenia sus manos junto a las mías, y a partir de aquí fué fácil acompañar su dedo índice, para que frotara superficialmente la diminuta tela de mis braguitas. Yo era la dueña de la situación y su dedo seguía los pasos que yo marcaba, lenta y suavemente.

Desplacé hacia un lado la tanga, dejando al otro lado los labios salidos de mi pubis, descubriéndole mi rajita depilada bajo la falda. Luego le deje acariciar el clítoris con movimientos delicados de abajo a arriba, haciendo penetrar su dedo en mi vagina, para que notara su humedad.

En su rostro se reflejaba el deseo y una pasión, que, de vez en cuando, intentaba disimular. Pero ya era completamente mío. Por instantes, giraba la mirada de un lado a otro y pienso que le excitaba, como a tantos otros, la sensación de sentirse observado.

Cuando acaricié su pene puso sus ojos en blanco y se agarró a mí con pasión, ausente de cuanto acontecía a nuestro alrededor. Bastaron unos segundos para que, al frotar levemente su capullo con mi clítoris, se corriera, sin llegar a penetrarme, derramando chorros de placer blanco por todas partes. Nos transportamos a unos instantes mágicos, de placer intenso. Instantes en los que nos apartamos del mundo.

Como en un sueño, al despertar, mis ojos de mochuelo pudieron comprobar cuan fácil es perder la noción del tiempo. Desde mi rincón, a media luz, me sorprendió ver que el local estaba casi vacío. Ni palomas, ni gorriones, ni camareros, ni hombres con el vaso en la mano...

Cuentan que entraron unos policías de paisano, que empezaron a pedir la documentación y a asustar a los clientes. Se llevaron a las que no tenían papeles, con la orden de "acompañar a comisaría" solamente a diez chicas. Por lo visto, en la redada anterior habían pillado a nueve y esta vez querían solamente una más, para poner en sus expedientes un nuevo récord y llenar sus uniformes de medallas. También así conseguían lucirse en los telediarios y entretener al personal con historias de eficacia policial en la lucha contra la "gente de mal vivir" y "las mafias de trata de blancas". Tampoco les servían once, ya que no querían poner el listón muy alto, asegurando así el éxito de posteriores "operaciones limpieza". Así pues, la misma noche que a mi se me hizo tan corta, fue muy larga para las demás.

¿Porqué aquella noche, nadie se había fijado en nosotros? Quizá porque yo, la "Absenta", era la número once.

¿Y mi hombre? Arreglamos las cuentas y hablamos un rato. Me explicó que tenia en mente un experimento científico sobre no sé que efectos de una bebida verde. Aunque a mí más que un investigador me pareció un soñador, romántico enamorado de la vida.

Me despidió desde mi rincón, sin llamar mucho la atención y con el primer beso de la noche: "hasta pronto, Absenta".


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