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Resumen comentado del libro "Historias de Absenta"
-"La Absenta", el primer sorbo -5 minutos en las ramblas, segundo sorbo -Cuarto sobro, despedida de solteros Puede comprar:
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5 minutos en las ramblas, segundo sorbo
Ella: Es importante que él no me vea, pero que sí me vean los demás. Sé que lo que hago no está bien, pero tampoco tengo muchas otras oportunidades. Antes lo intenté a pelo, interpretando un triste papel de jorobada moribunda, con el fin de pillar unas monedas. Parece fácil, pero es muy difícil rastrear la compasión entre tanta multitud de transeúntes. Un día, casi lo consigo, cuando dos chicas metieron su mano en el bolso. El milagro fue breve: mientras una me echaba unas monedas, la otra sacaba una máquina de retratar, fotografiando la escena. ¡Y para colmo, eran euros españoles!
Él: Aquí está, al fin, entre mis espectadores. Ahora es cuando realmente mi chelo empezará a sonar en serio. ¿Que sería mi música en la calle, sin su presencia?. Viene a diario, se amaga entre la multitud y pasa el sombrero. Pide dinero, a escondidas... a escondidas de mí. Es fácil, se mueve sigilosa entre la aglomeración de gente compasiva y aprovecha para sacarles unos euros en beneficio propio, a costa de mi trabajo.
Ella: A mi nadie me regala nada. He sido yo misma la que he aprendido y he perfeccionado mi técnica y rendimiento, con un par de truquillos. El primero es vestirme como él, para aparentar que andamos juntos y que formamos un equipo. El segundo consiste en alargar mi mano a los paganos, mostrando un par de CD's trampa. Así les hago creer que lanzando sus monedas contra mi sombrero, están aportando su granito de arena a la cultura musical alternativa. Como comprenderéis, nunca suelto ningún CD, no sea que a algún iluminado, se le ocurra meterlo en el apartejo, para revivir estos momentos mágicos. Por cierto, ni yo, se como suenan o si... realmente suenan.
Él: He de mejorar. Se escaparon un par de gallos de las cuerdas de mi violoncelo. Estas notas disonantes no pueden ser las responsables de la mala cosecha. Ella lo pagaría caro. Busco la partitura de los pajaritos. A los de aquí les encanta y se emocionan. Como no se van a emocionar por esta música, que les recuerda aquellos breves momentos en que Cataluña fue un país entre países, de igual a igual, aunque solo lo fuera en la voz de Pau Casals y por unos instantes. Que bonitas palabras: "los pájaros, cuando están en el cielo, van cantando peace, peace, peace y es una melodía que Bach, Beethoven y todos los grandes habrían admirado y querido. Y, además, nace del alma de mi pueblo, Cataluña". Con "el cant dels ocells", ella podrá llenar su sombrero de monedas y no irse a casa de vacío, ya que,¡Quién sabe lo que allí le espera a la pobre viejecita! No ha de ser fácil moverse entre un mundo de alcohólicos y bajos fondos, el cruel mundo de la marginalidad, en el que unos se comerían a los otros.
Ella: Mi marido me estará esperando para la cena, pero que espere, a mi poco me importa. Sabe lo que estoy haciendo y le parece mal, como todo lo que yo hago. Opina que soy una parásita sin corazón, que le chupa la sangre al primero que se encuentra en la calle, para conseguir unas monedas. Y quizá tenga razón. Al chico bien le irían y, al fin y al cabo, es él quien las gana, el que pone la música y el arte. ¡Pobre chaval!. Llega aquí, seguramente sin saber el idioma, para enfrentarse a tantos retos desconocidos y sin dinero, para vivir solo de su arte. ¿Y como va a vivir si yo le robo su sustento? Incluso puede que tenga familia y que proceda de un país del este.
Él: Cuando llegue a casa escribiré a ama. Que sepa que estoy bien y que ya, al fin, termina mi aventura en Barcelona. También que sepa que no he pedido ni un duro a nadie y que, por tanto, he cumplido mi palabra. A ella le horrorizaba que su hijo andara por estos mundos de Dios pidiendo dinero al primero que pasara. "Todo menos pedir dinero", me decía. "Nada de dinero" le dije yo. Y aquí estoy cumpliendo. Por eso la necesito a ella, a la viejecita que pasa el sombrero, para cumplir mi palabra y al mismo tiempo ser un verdadero músico de la calle, con agallas, como los demás. No sea que me confundan con un niño de papa, pijo, al que le importa un bledo lo mundano. Yo no soy así. Los jesuitas me enseñaron a respetar a los demás, a identificarme con sus rituales y a vivir en mi piel sus sentimientos, vaya donde vaya, esté donde esté... También a no abandonar a aquellos que nos necesitan y más cuando su suerte depende de la tuya. Por tanto, su sombrero es también el mío. Pero me quedan pocos días y me horroriza dejarla colgada en la marginalidad y en la miseria. Quizá mañana cargue mi chelo en el tren y en nueve horas volvemos a casa, al trabajo en la ikastola, a las clases en el conservatorio, a los amigos y a la familia.
Ella: Mi ilusión, mi sueño, es completar el álbum del euro, con todas las monedas de los países comunitarios. Y poco avanzaba con la calderilla de las tardes de domino de mi marido. Por eso me lancé a la calle, para acabar mi colección. ¿Dónde pensáis que están las monedas más difíciles? Pues están en las ramblas, en manos de negros, chamuscados, amarillos, pieles rojas y blanquitos como la leche. En la diversidad está lo bueno y también los euros buenos... los que a mí me gustan. Me faltan las tres pequeñas de Finlandia, que son las más difíciles, la de cincuenta céntimos de Grecia y los dos euros de Luxemburgo. También la de diez y vente céntimos de los pelirrojos. Claro que también podría comprarlas en cualquier tienda numismática o cambiarlas con otros coleccionistas, pero yo no soy así. Me educaron para no buscar el camino fácil y para conseguir los objetivos por mi misma, luchando. Por tanto si los euros no salen de la calle no me valen.
Él: A partir de mañana se tendrá de ganar el sueldo ella sola, ya que yo no estaré aquí. Espero que tenga donde dormir y encuentre algún lugar en que le den de comer.
Ella: He arriesgado demasiado y, a veces, el riesgo nos acerca al fracaso. Me iluminé ante un turista pelirrojo y pensé que podría conseguir los últimos céntimos que me faltaban de Irlanda. De golpe, me he encontrado en primera línea, de narices frente a él y me ha mirado. Pero ni una protesta por lo que hago. ¡Cielos!, ¿Será ciego?... He leído muchas cosas sobre músicos ciegos y creo que sí, le estoy robando a un ciego en sus narices. Maldita ladrona aborrecible, miserable y ruïn. Hoy es el último día, nunca más.
Él: Ha notado que la he visto y yo he disimulado. Como si no pasará nada. Me complace lo que hace, pero de alguna manera tendré que decirle que hoy es el último día. Que me marcho. ¿Cómo podría recompensarla? ¿Con un regalo? He de ofrecerle algo que le interese y a la vez que sea original, que le recuerde a mí y no haya probado nunca. Supongo que una mendiga de la calle no le hará ascos al alcohol. Le compraré algo fuerte y que seguro le gustará: una botella de absenta.
Ella: Todo este tiempo aprovechándome de un pobre músico de la calle y encima ciego. Ahora no puedo desaparecer así como así, como si no hubiera pasado nada. He de conciliarme con él y la mejor forma sería con un regalo. La absenta le agradará seguro, es una bebida que a mí me gusta y, a la vez, es un símbolo del espíritu bohemio. Es fuente de inspiración de músicos, poetas, pintores y grandes artistas. Además, seguro que no la ha probado nunca ya que dudo que la vendan en los lejanos países del este.