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Resumen comentado del libro "Historias de Absenta"
-"La Absenta", el primer sorbo -5 minutos en las ramblas, segundo sorbo -Cuarto sobro, despedida de solteros Puede comprar:
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Cuarto sobro, despedida de solteros
Suena el órgano de la catedral, con la clásica marcha nupcial. Noto cientos de ojos de admiración y alguna mirada envidiosa que ya me conozco. La entrada es solemne y pausada, ante el orgullo de los viejos, que siguen nuestros pasos. Todos elegantes: yo con un bonito vestido blanco, larguíiiiisimo, con una cola que dejo atrás, cubriendo todos los peldaños de las escaleras (¿por qué coño me he gastado 100.000 pelas en los zapatos si los demás no los ven?); papa con traje y mama altiva, luciendo una misteriosa pamela. Y los del otro lado tampoco se han quedado cortos.
Frente a nosotros, esta él, tal y como lo había imaginado en mis más dulces sueños de novia. Está allí, esperando delante nuestro, impasible, nada nervioso y preparado para la ocasión. El cura, un cura viejo y con experiencia, un cura de los de antes. ¡Vamos, un cura facha, como ha de ser! Que no, que a mi no me casa uno de esos jóvenes progres de la teoría de la liberación, que al primer coño que les pones en la lengua sueltan los hábitos, rompen su romance con Dios y montan una familia.
Pero, de todos y todas, la reina, la más importante, la única que merecería estar hoy aquí, por nuestra amistad, su fe auténtica y devoción a la virgen, es Lupe. La vi entre las filas de atrás, nada más entrar, con un vestido rojo chillón y ajustado a su cuerpo de modelo.
Conocimos a Lupe, en Barcelona, en nuestra despedida de solteros. Yo no quería una de esas clásicas mamarrachadas que organizan hoy en día. Siempre he encontrado ridículos a los tíos que andan paseando muñequitos inflables por la calle, con el único fin de llamar la atención. De las tías, made in USA, que andan rebuznando ante un boy musculoso al que llenan los calzoncillos de billetes, ni te cuento. Claro que quería una despedida loca y con misterio. Pero sobretodo con erotismo. En las despedidas que he estado, siempre me he dado de narices con la escenificación de la extravagancia en grupo, pero nunca he respirado originalidad y erotismo.
Pensé, por tanto, que lo mejor era buscar la aventura por nuestra cuenta, Leoncio y yo solos; y así empezamos, en una de las calles más golfas de Barcelona, la de Santa Mónica, una pequeña callejuela que desemboca en las ramblas. Entramos en el antiguo y renacuajo Pastís, con fama de bistrot portuario, hoy sin marineros, pero que sigue con las paredes atestadas de nostalgia, pinturas, fotos, botellas antiguas, postales de la Francia de los años 60 y recortes de tiempos pasados. Sonaba la entrañable música de la chanson francesa, con Edith Piaf de protagonista. Me agradó su decoración cutre y ajada. Seguro que en otros tiempos era la guarida de bohemios, mirones, marineros calientes, artistas alcohólicos, tocones y putas entrañables. Hoy gente de bien, turistas, estudiantes, alguna ruidosa despedida de soltero y progres alternativos. Dicen, estos últimos, que el mundo se va degradando a marchas forzadas, y... ¡vaya si tienen razón!
Aplicamos allí, como en todas partes, la táctica del sabio y viejo viajante: entrar, observar y solamente luego, tomar lo que toman los demás. Y es lógico que nos fijáramos en Lupe, sentada sola, al final del local. Es una mujer deslumbrante, una morenaza alta de las que marcan, guapísima, con caderas anchas pero proporcionadas, piernas largas y unas tetas voluminosas que me dan envidia. Pero sobretodo la cara, esa cara, esa mirada, de vicio, que con solo proponérselo, podría devorarte de placer y dejar al descubierto tus más íntimos deseos.
Leoncio consintió (que no es tonto el chaval, por algo será mi futuro marido) y nos sentamos a su lado, los tres muy juntos y apretados. Ella sabía de todo: del local, de la música que allí sonaba, de mil historias de las ramblas o del barrio chino... Nos dijo que aún quedan por aquí, en esta misma calle, lugares realmente interesantes, con gente autentica, como el Bar Nayade u otros locales del raval más genuino. Era una persona de mundo, pero realmente piadosa, con una gran fe en la virgen que la protege, la Virgen de Guadalupe, patrona de su pueblo. Nos invitó a una absenta, una bebida muy antigua, tomada por bohemios de antaño que habían frecuentado estos lugares. Aunque era realmente fuerte, bajaba bien, por su sabor dulzón, con un toque aromático de hierbas buenas. Leoncio, que al principio se sentía tímido, empezó a soltarse, y no sabría deciros si fue por los efectos de la absenta o bien por el hechizo de las palabras de la encantadora Lupe. Y es que daba gusto escucharla y admirarla.
Noté que Leoncio se estaba poniendo cachondo, cachondo por ella. Lo curioso es que a mi también me calentaban sus intenciones de premarido infiel. Esto está fuera del mapa y no sale en los manuales de futuros esponsales, ¿verdad?. Lo cierto es que estábamos calientes los dos, o más bien los tres... Tomamos otra absenta y la conversación se tornó, cada vez más morbosa. Dicen que la absenta coloca de una manera especial y que el erotismo y la pasión aumentan bajo sus influjos. Pero lo que más nos hizo subir la temperatura fue cuando Lupe, afirmo con toda naturalidad que la absenta le facilitaba la erección... ¿La erección?... ¡La erección!
Estabamos tomando absenta, con una mujer bella y perfecta, que en otros tiempos tuvo nombre de varón. Una mujer orgullosa de su cuerpo, pero sobretodo segura de si misma.
Con la tercera absenta, se desbordaron todos nuestros deseos. Roces, tocamientos, caricias, susurros cariñosos al oído... miradas juguetonas. Todo entre los tres, dejándonos llevar por el desparpajo de Lupe.
Aceptamos su propuesta de abandonar el Pastís y pedir habitación en la pensión Picasso. Que curioso, tanto los padres de Leoncio como los míos, que habían realizado el viaje de novios en Barcelona, cuentan que se alojaron en la misma pensión. Será que en aquellos tiempos estaría de moda.
A esas horas, la calle estaba atestada de prostitutas africanas que atosigaban la clientela, con más malos que buenos modales. Al entrar en recepción, una chica negrita y un rubiales del este se peleaban y gritaban cosas que, evidentemente, no entendimos. Nunca sabremos si el tema realmente iba en serio. Sería otra historia de tantas, del Raval, que nosotros nos perdimos.
La descripción de habitación número siete de la pensión Picasso da para bien poco. Os aconsejo que, los que nunca lo habéis hecho, os alojéis unos días en una pensión castiza de Barcelona, de las que tienen camas para un rato o para toda la noche, de las que pagas para no dormir... Sí, merece la pena decir que tenia un balconcillo que daba en plenas ramblas, en el lugar más tumultuoso y bullicioso de la noche de Barcelona.
Aquí ya nadie tendría de ocultar nada. Y fuimos al grano. Empezamos todas contra uno, las dos contra Leoncio. Nuestras caricias devoraban todo su cuerpo. ¡Que tontos son los hombres!, tan machos y como les cuesta asimilar las nuevas situaciones. Pero se empalmó, ¡Vaya si se empalmó! Situamos al hombre de pie mirando la ventana, para que mirara al otro mundo, y nosotras detrás, pegadas a él, con las uñas y las yemas de los dedos arañando sus partes sensibles y con pellizcos suaves en sus pezones. Pronto, muy pronto (será mariconazo, el tío) abrió su culito. Pidiéndonos, sin ningún pudor, que Lupe culminará sus más íntimos deseos. Se corrieron, los dos, y no sé porqué, yo, sin correrme, lo recordaré como el polvo más erótico de mi vida.
Así fue nuestra despedida, nuestra despedida de solteros, claro.
¿Y ahora que toca?..., a sí..., los anillos. Que corto se me ha hecho. Cuando el pelma termine con todos estos ritos mamarrachos, presentaré Lupe a mis padres. A papa le caerá bien y, quién sabe, puede que también a mama. Seguro, que cuando le diga que es una amiga de nuestra despedida de solteros, le caerá fenomenal. ¿O no?